La Princesa y la esperanza cívica

El día 4 de noviembre de 2019 se ha publicado en el diario ABC, un artículo de Daniel Berzosa en el cual el autor opina que la joven Princesa de Asturias pronunció su breve discurso de forma impecable y cumplió su cometido a la perfección.

DANIEL BERZOSA
CREADA. 06-11-2019 | 14:30 H
FUENTE. IUSTEL | Publicación IUSTEL

El pasado 18 de octubre, en el transcurso de los premios que llevan su nombre, la Princesa de Asturias, una niña a punto de cumplir 14 años, pronunciaba su primer discurso oficial. Cualquiera, y más si tiene hijos de esa edad, comprende sin dificultad los nervios y la emoción de los Reyes, es decir, de sus padres; cuando vieron levantarse a su hija (a la que hace nada veían gateando), volando sola en público, para dirigirse a un teatro Campoamor abarrotado y a todos los españoles, como Heredera de la Corona.

Como es obvio, disimularon hasta donde les fue posible. Recuérdese el gesto del Rey, cuando se toca la nariz y mira fugazmente a la Reina; que nos recordó de inmediato al de su abuelo, el Rey Don Juan Carlos, llevándose la mano a la boca y al mentón en 1981, al inicio del discurso del entonces Príncipe de Asturias, Don Felipe.

La joven Princesa, agraciada con una notable belleza, como de un retrato de esas damas de nácar, oro y zarco del Renacimiento italiano, pronunció su breve discurso de forma impecable y cumplió su cometido a la perfección. Con toda razón pudo proclamar y rememorar como cierre de sus palabras: “Este momento será inolvidable para mí. Como dijo mi padre a mi edad y aquí mismo, es un día que “llevaré siempre en lo más profundo de mi corazón”“.

Desde la continuidad con la historia de España y la tradición hereditaria, ínsitas a la Institución monárquica, que la ha forjado y acompañado desde Recaredo, incluso con el cambio de sujeto soberano desde la Constitución de 1812 (tras la autoconciencia y afirmación de la Nación española), la parte cívica -y más importante como heredera al trono y sucesora en la Jefatura del Estado (artículo 57 de la Constitución) del primer discurso público de la Princesa- fue la manifestación de su compromiso sin condiciones “con la entrega y el esfuerzo de servir a España y a todos los españoles”.

Asumida la libertad como el primer valor de la democracia, se debe a Maquiavelo la identificación de ambos términos; de modo que no es posible que exista democracia sin libertad, ni libertad sin democracia (virtud cívica o política). Y esto solo es posible cuando los ciudadanos se encuentran asociados en un Estado o comunidad política, donde acontece la institucionalización de la libertad y la democracia; de tal manera que aquel se identifica con la virtud cívica.

Aunque fueron las revoluciones burguesas las que unieron los valores de la libertad y la igualdad por primera vez en la historia, corresponde a la elaboración de la doctrina del Estado Social, introducido normativamente en España por el artículo 1.1 de la Constitución, establecer esa identificación según la cual no existe libertad sin democracia-igualdad, ni existe democracia-igualdad sin libertad.

Desde hace unos años, frente a la mundialización del poder y la economía, surgen las identidades comunitaristas. Como dejó escrito el profesor De Vega, si el universalismo planetario acaba “sumido en divagaciones metafísicas sobre la libertad, la democracia y la ciudadanía”, donde estas ideas se disuelven en puras banalidades retóricas, las identidades comunitaristas se revelan como un “abigarrado complejo de definiciones míticas del propio concepto de comunidad (Gemeinschaft) que, ajenas a cualquier tipo de entendimiento democrático en la configuración del poder y de la propia organización política, abren la espita a lo que Michel Foucault llamó la “Microfísica del poder”, en la cual, la libertad queda asfixiada en los más recónditos espacios de la existencia humana” y “terminan siendo en múltiples ocasiones “puras reinvenciones del pasado, puestas al servicio de los más siniestros proyectos políticos del presente” (Hobsbawm)”.

Ante este oscuro panorama que se cierne sobre España, si es cierto que el egoísmo y la ambición conducen a los hombres a anteponer siempre sus intereses particulares al interés colectivo, también pertenece a la naturaleza humana preferir la libertad a la esclavitud y, precisamente, porque somos ciudadanos de un Estado, podemos ejercitar nuestros derechos y proteger nuestra libertad, gracias a unas leyes aprobadas según los principios democráticos del Estado constitucional.

Escuchando los motivos por los que habían sido galardonados los premiados y por lo que tantos ciudadanos comprometidos se habían reunido en torno a ese acto, la ciudad de Oviedo, bajo un sereno cielo azul, apenas salpicado de nubes pacíficas, aparecía como un foco de lo constructivo y la belleza de la sociedad española en particular y civilizada en general. Contemplando el semblante, la delicadeza, el equilibrio de la Princesa de Asturias -y su designio-, los españoles amantes de la libertad y la democracia solo podemos acoger su intervención como una señal de que la esperanza en el ejercicio de la virtud cívica, encarnada hoy por el Rey, su padre, tiene su continuidad asegurada a través de la Princesa y prevalecerá, con la ayuda de todos, por el bien de todos nosotros, ciudadanos de España.

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