El Rey vuela alto en Bolivia

Cuando un Rey de verdad, como lo es Don Felipe VI, concurre a un acto, hasta los más irredentos adversarios, los más enconados enemigos, los más perversos cínicos saben que no se trata de una presencia artificial.

DANIEL BERZOSA
CREADA. 19-11-2020 | 13:00 H
FUENTE. El Debate de Hoy | Publicación ED

Empiezo con el resumen que equilibrados amigos bolivianos y de otros países americanos, presentes en los actos en torno a la toma de posesión del nuevo presidente de Bolivia, me han transmitido acerca de la presencia del Rey en esa cita política de Estado. Y es este. Don Felipe VI ha representado a España a un altísimo nivel, y así lo han reconocido los anfitriones y los asistentes de otros países iberoamericanos, sin que los intentos de llamar la atención de algún miembro del séquito hayan obtenido el menor impacto y eco. Los encuentros y reuniones con sus homólogos y las demás personas que han estado con Su Majestad han sido definitivamente óptimos y el pueblo boliviano ha visualizado y reconocido con claridad que el Rey encabezaba la delegación española.

De las tres grandes competencias que la Constitución atribuye al Rey con carácter general en el artículo 56.1, la tercera es precisamente la de asumir «la más alta representación del Estado español en las relaciones internacionales, especialmente con las naciones de su comunidad histórica». Según Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, se compone esta cláusula de dos elementos. Uno «rigurosamente jurídico»; la representación internacional de España en el grado más alto, configurado por las estrictas reglas del Derecho internacional y constitucional. Y otro «simbólico político»; el vínculo de la Corona con las naciones de la Comunidad Histórica Hispánica.

Alberga esta última competencia del Rey «una importantísima virtualidad cuyas posibilidades ha puesto de relieve la situación de la Corona británica en la Commonwealth». Aplicada de forma paralela al monarca español respecto del papel del rey inglés (Jorge VI, 1949-1952; Isabel II, 1952 hasta hoy), no se trata naturalmente de ser una pieza constitucional fundamental en la estructura de los Estados hispanoamericanos, sino del Rey como «símbolo de una libre asociación de pueblos» de la comunidad de países de raíz histórica hispánica.

Desde esta comprensión, se ideó y estableció el proyecto más ambicioso de una Comunidad Iberoamericana, con el triple eje América Latina-España-Portugal, que ha funcionado en gran medida gracias a la implicación de los Reyes (Juan Carlos I, 1975-2014; Felipe VI, 2014 hasta hoy). Perfectamente engranados en la Diplomacia española, siempre comprometidos en la organización de las cumbres y en el día a día, convocando personalmente a los líderes que se mostraban escépticos. El Rey, al permanecer vitaliciamente en la Jefatura de Estado, puede mantener una relación personal con los presidentes americanos y portugués con independencia de su ideología. Así viene sucediendo desde el principio y, últimamente, con el nuevo presidente de Bolivia.

Cuando un Rey de verdad, como lo es Don Felipe VI, concurre a un acto, hasta los más irredentos adversarios, los más enconados enemigos, los más perversos cínicos saben que no se trata de una presencia artificial. Ni del Estado, del que es su Jefe por mandato constitucional, ni de él como persona, ciudadano y rey del siglo XXI. Es la razón de su cólera rabiosa. Todo es significante en el Rey, no hay parodia; no hay trampantojo; no hay un quiero y no puedo. No hay novedad caprichosa, sino siglos actualizados. Su solo gesto expresa lo decisivo, la seguridad de lo real, la síntesis de la referencia y el oteo del mañana esperanzado. Lo sabemos los españoles y lo advierten los extranjeros.

Ojalá este enésimo vuelo alto de Felipe VI contribuya a curar la ceguera y a invertir la dinámica suicida de los espectros centrífugos de la dirigencia política, sindical y empresarial.

He leído y escuchado más de una vez lo que apunto a continuación. Así como para un estadounidense, que es un individuo constitutivamente republicano (pero del bueno; esto es, defensor radical de la libertad y la igualdad, la autodeterminación de la persona y los derechos que le son inherentes, la división de poderes y el Estado constitucional, hasta, si fuere necesario, dar su vida sin dudarlo por todo ello), de haber algún rey, lo es el de Inglaterra; para un hispanoamericano, de haber algún rey, lo es el de España.

Y en América, donde nada, ni nadie es, ni puede ser —salvo con violencia— extraño por entero a lo español y viceversa, el Rey, que lo fue de las Indias en el lenguaje de la época, que se extendían desde Oregón hasta la Tierra del Fuego, es el menos ajeno. El Rey es la referencia de la América moderna y contemporánea de cimientos y columnas hispánicos; es el nexo de unión de dos mundos, entrelazados con los caudalosos vasos comunicantes del idioma, la fe, la historia, la política, la cultura y, también debieran serlo, las aspiraciones de libertad, democracia y prosperidad.

Ojalá este enésimo vuelo alto —real y figurado— de Felipe VI contribuya a curar la ceguera, a invertir la dinámica suicida de los espectros centrífugos de la dirigencia política, sindical y empresarial, y de los medios de masas, públicos y privados, españoles y de capital extranjero, que trabajan egoísta, frenética y malvadamente para destruir nuestro Estado social y democrático de Derecho, la España constitucional.

Imagen destacada: El rey de España, Felipe VI (c), recibe honores militares a su llegada hoy al Aeropuerto Internacional de El Alto, en Bolivia. | Agencia EFE


 
Daniel Berzosa es abogado, jurista y profesor de universidad.

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